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El Graffiti en blanco y negro. Políticas sobre el grafitti

Publicado por: Paúl Miguel Ortega González, en Jul 27, 2021

   El Centro Histórico de Zaragoza es un lugar decorado a base de pinceladas. Las calles estrechas del tubo imprimen una mezcla de murales, firmas y graffitis que actúan de trampantojo para todos aquellos viandantes que navegan entre las tapas de la ciudad. La iniciativa cultural “Asalto”, patrocinada por el Ayuntamiento de Zaragoza, ha salido a la calle en cuatro ocasiones para pintar la ciudad de la mano de Graffiteros de toda España. Los tópicos que envuelven esta cultura urbana se debaten entre: ¿arte o vandalismo? ¿práctica marginal y juvenil o expresionista y contemporánea? Entonces… ¿cedemos o no los espacios públicos y privados para que los graffiteros pinten de forma legal?

    La obra “Gran Hermano Señor Oscuro” que artista almeriense Stook realizó en esté último “4º asalto” representa las manos de un títere dispuesto a mover los hilos de la manipulación. Este graffiti se encuentra en un medianil de la calle Espoz y Mina, cerca de la Plaza de los Pintores. Cerca de allí, en la calle 4 de agosto, en el corazón del Tubo, Stook realizó una composición similar pero la consideración de “arte efímero” por parte del consistorio PSOE – PAR condujo al área de cultura a repintar la pared para borrar lo que ellos mismos habían promovido. La última ordenanza municipal del Ayuntamiento de Zaragoza no considera el graffiti una práctica ilegal en los casos que el artista cuente con el beneplácito del Ayuntamiento con el fin de “mejorar estéticamente las condiciones del entorno”. Además, el artista debe conseguir la aprobación de las comunidades de vecinos implicadas y presentar una solicitud a la Policía Local para comenzar a pintar. No obstante, tras la ejecución del graffiti, el consistorio cuenta con libertad para modificar el espacio urbano. Un caso sonado al respecto sucedió el año pasado en las calles Contamina y Matías Carrica, en una de la zona de bares más popular de la ciudad. Javier Sánchez (alias Danjer), uno de los autores aragoneses de la decoración urbana de esta esquina en el Casco Histórico habló de “ataque a la cultura” cuando el equipo de gobierno PSOE – PAR repintó el mural alegando “razones de seguridad” “con el objetivo de garantizar la integridad de las casas y de los viandantes”. La actuación se redujo a enlucir y repintar la fachada y acabó con una de las obras grafiteadas más emblemáticas de la ciudad. Los medios recogieron que los graffiteros Danjer, Jara Cordero (Full) y Gema Giménez (Chiquita) no recibieron avisos antes de que el servicio de urbanismo repintara su obra.

   Pero en Zaragoza todavía quedan obras de grandes artistas. Como los dos niños blancos atribuidos a BLU, que aún se esconden cerca de la Calle Alfonso. En otra fachada contigua de la misma calle, la tercera de las obras atribuidas a BLU en la ciudad, un gran toro zarandeando a un torero en miniatura, desapareció en los últimos años por el mismos argumento de “arte efímero” del Ayuntamiento. En este sentido, es importante diferenciar entre graffiti, una representación artística para unas opiniones o una pintura en la fachada para otras; y firma. La firma o tag, suele ser un garabato rápido que compite con otros seudónimos en una batalla por reafirmarse en cuantos más lugares mejor. Sin embargo, el graffiti es “más que nada, un acto de expresión en un muro, de lo que uno siente. No es vandalismo ni una simple pintada, tiene que expresar algo con una técnica definida”, comenta Vicent Masmano, un joven zaragozano con una Web especializada en el graffiti. La idea de tanto la firma como el graffiti se realice con Spray es por la urgencia de salir corriendo si viene la policía. “En Zaragoza hay graffiteros que pintan muy bien, pero, al no haber facilidades, se van a pintar a otras ciudades”, cuenta Masmano, “pintan gratis de forma clandestina, porque faltan muros legales”.

   El régimen sancionador del Ayuntamiento de Zaragoza multa con un máximo de 1.500 euros, según la gravedad de la sanción e incluye la posibilidad de sustituir dichas multas por otras medidas de interés social o educativo, en caso de que los autores de las pintadas tengan entre 14 y 21 años. Los Ayuntamientos de España gastan una media de un 10 % de la partida de limpieza para borrar las pintadas. A través de hidrolimpiadoras que disparan agua a presión a unos 50 grados centígrados, la tinta de las pintadas no deseadas se va disolviendo. Por ejemplo, Madrid y Barcelona gastan alrededor de 4 millones de euros anuales en la limpieza de pintadas y graffitis. En algunos casos, las obras de patrimonio cultural y artístico también son el foco de los escritores que compiten por plasmar su firma en los lugares más peligrosos. Por ejemplo este año, Río de Janeiro (Brasil) sufrió las consecuencias de estas batallas en un grafiteado Cristo Redentor en plena rehabilitación.

   La consideración del graffiti como arte se escapa de estas firmas garabateadas con rapidez y sigilo. El graffiti elaborado, como expresión artística, comenzó a verse en Zaragoza por el Casco Histórico de la ciudad. Clash, Singn y principalmente Misión Imposible fueron los grupos que comenzaron la historia del graffiti en la Zaragoza de la década de los 80. Esta tendencia nacida en Nueva York sobre el 1970 vino a la ciudad para convertirse en un referente para el resto de capitales españolas. Por ejemplo, el primer tren que se pintó en Zaragoza estuvo firmado por Misión Imposible en 1987. El equipo liderado por Javier Vilches y formado también por Carlos Machín, José Antonio Corral, David, Miguel Vilches y Germán fueron los integrantes de la Vieja Escuela Zaragozana. Este grupo firmaba con tags del estilo: JAM, Worst, Over, Drake, Sandy36… algunas de estas firmas todavía quedan a la vista de la ciudad. Otros pioneros contemporáneos en Madrid y Barcelona, dos de las ciudades epicentro de esta cultura urbana, fueron Prince Twist, Koa, Fase, Chop, Musa, Zeta…

   En los inicios, el graffiti se entendió como una forma de inmortalizar el nombre. Una firma o dibujo rápido sin una pretensión artística. Comenzó en los suburbios del Bronx, en los trenes subterráneos de Nueva York. En diciembre de 1973, el fotógrafo Jon Naar tomó el metro hasta la estación de la calle 155, más allá de Harlem (una intrépida aventura para la época) con el ánimo de fotografiar esta nueva tendencia emergente en Nueva York. La evolución plástica desde aquella época, ha llegado a consagrar el graffiti como arte en algunos casos. Algunos autores como Bansky, consagrado grafitero del Reino Unido, expuso recientemente en el Briston Museum. Sus graffitis siguen atrayendo a coleccionistas y turistas hacia zonas urbanas de Londres.

   Si volvemos a Zaragoza, encontramos calzones pintados como fuente de inspiración y base conceptual del antiguo grupo de grafiteros M-crew. Todos ellos compitieron en una batalla de tags con escritores contemporáneos como Psico y Sher, dos amigos que se unieron en 1992 para grafitear juntos sobre cualquier pared, chapa, metal, madera o piedra de Zaragoza. Sus firmas, aun quedan patentes en los rincones de la ciudad y sus plásticos murales siguen en fábricas abandonas, tapias intransitadas y vagones de tren subterráneos.

   Los murales pueden servir para representar la historia de Zaragoza. Además de la artista zaragozana Pilona Vicente, famosa por sus trampantojos en la calle Sepulcro, el área de urbanismo de la ciudad comenzó en el Casco Histórico un proyecto artístico para ilustrar parte del patrimonio cultural. El mural de la Torrenueva fue de los primeros en decorar las paredes desnudas de la plaza San Felipe. El objetivo siempre fue representar las doce puertas que ha tenido la capital aragonesa. Por ejemplo, los zaragozanos ya pueden hacerse una idea de la Puerta del Duque de Victoria, que fue construida en hierro en el siglo XIX y se construyó en honor al general Espartero, Duque de Victoria. También a pocos metros, en el Casco Histórico, se recreó la Puerta de Valencia, bautizada así en la Edad Media por ser la salida hacia esa ciudad.

    Esta fórmula para embellecer la ciudad a base de pinturas y graffitis también está de moda entre los comercios. Por un precio entre 400 y 1000 euros, los graffiteros personalizan las fachadas de los comerciantes. Como fórmula para transmitir modernidad y vanguardia y evitar los tags que rompen la imagen corporativa, la tendencia es contratar los servicios que ofrecen especialistas como Parqueempresas. Esta empresa se encarga de customizar las fachadas a gusto del cliente. El procedimiento suele ser el mismo en todas las empresas: El graffitero acude con varios diseños en el ordenador y los va adaptando según los intereses de la empresa. La evolución demuestra que la práctica que comenzó como un aluvión de firmas en los trenes subterráneos de Nueva York ha ido tomando forma hasta la consideración artística.

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